El espejo argentino

RICARDO FORSTER

Recorrer hacia atrás los sucesos de la última semana nos permite introducirnos en el laboratorio argentino, nos abre la posibilidad de pensar el presente al mismo tiempo que nos obliga a desplazarnos hacia el pasado como un modo ineludible de interrogar por nuestras vicisitudes. Desde la larga noche que culminó en la madrugada del sábado 10 en la que en el Senado de la Nación se ratificó lo previamente votado en Diputados, pasando por la agónica clasificación de la selección al Mundial de Sudáfrica hasta llegar al 17 de octubre y sus lánguidas reminiscencias de otro país que, pese a todo, parece insistir con sus irradiaciones en el debate actual, los argentinos seguimos dándoles vueltas a nuestros mitos y a nuestras conflictividades. Difícilmente podamos huir de aquello que nos atravesó en otra época ni tampoco seamos capaces de sustraernos a una actualidad que viene cargada, día a día, de acontecimientos que no dejan de conmovernos, como si las múltiples narraciones que constituyen el fondo de eso extraño que nos fue articulando, fantasmas y espectros de otras historias, siguiesen habitando nuestros sueños y nuestras pesadillas.


Escribía en otro lugar que un país no es solo aquello que materialmente lo ha constituido; su despliegue por la historia no se reduce a hechos empíricamente demostrables ni es exclusivamente el catálogo de acontecimientos que pueden merecer la crónica del historiador o del científico social. Un país es, también, los relatos que lo han ido articulando; es ese permanente litigio que lo atraviesa allí donde diversas narraciones compiten por ofrecerse como la expresión verdadera y última de aquello que fuimos, que somos o que deberíamos haber sido. Un país es, claro, sus mitos y sus leyendas, sus recuerdos y sus olvidos, sus inclusiones y sus exclusiones. Un país es su literatura, esas páginas en las que distintas escrituras intentaron desplegar sus diversas versiones de un derrotero inacabado. 

Hay un país trazado magistralmente y equívocamente por la pluma de Sarmiento así como hay otro país descrito por la gauchesca martienferrista; hay un país diseñado por la generación del ochenta y otro utopizado por los primeros anarquistas; hay uno en el que la palabra la tomaron los liberal-conservadores, aquellos que fundaron el mito del granero del mundo y que signaron por décadas el destino de lo que llamaban la patria agroganadera, y otro en el que la oscura retórica de Hipólito Yrigoyen vino a expresar la emergencia de un pueblo democrático esencialmente injuriado por los dueños de la tierra. Hay un país de vencidos y de vencedores, de portadores de la palabra hegemónica y de silenciados por el relato oficial. Hay un país que atesora el 17 de octubre como el punto de partida de sus sueños de justicia y otro que lo considera como el inicio de la decadencia. Hay varios países en el país, varios modos de comprendernos y de proyectarnos que no se han desplegado amablemente a lo largo de nuestra historia. No hemos sido propensos a los grises, por lo general nos hemos dejado tentar por los negros o blancos, como si en lo más profundo de nuestro itinerario como nación lo irresuelto siguiera persiguiendo nuestra actualidad.

Somos un país de espectros que siguen susurrando entre nosotros, que nos siguen recordando lo que nunca acabamos de ser o de aquello otro que sigue insistiendo por nacer. Un país que recuerda las violencias brutales de quienes se sintieron dueños de los destinos del conjunto de la sociedad, de quienes siempre se sintieron como los pilares de la patria y actuaron en consecuencia. Pero también hubo y hay un país de las resistencias, de las rebeldías y de las rebeliones, de los incontables y de los invisibles que buscan ser reconocidos.

2. En este país acrisolado y partido, en esta tierra nacida como promesa de equidad y justicia y dolorosamente surcada por la violencia y la desigualdad, los relatos que pugnan por ofrecerse como los portadores de la verdad están ahí, entre nosotros, para perpetuar un gesto agonal que viene desde muy lejos y que sigue acompañando nuestra deriva por la historia. Lo pudimos ver durante todo el 2008 cuando proliferó una narración que se acomodaba virtuosamente en el mito del primer centenario para recordarnos que fuimos la séptima potencia del mundo, que mientras recibíamos alborozados a la Infanta Isabel nuestras carnes y nuestros cereales abastecían a Europa. No importaba recordar las cifras de la injusticia ni las leyes que amparaban a una oligarquía riquísima al mismo tiempo que perseguían a todos aquellos que luchaban por una sociedad más justa. No importó ni la Semana Trágica ni la bárbara represión de las huelgas en la Patagonia. Ese relato bucólico (expurgado de indios y de negros, limpio de anarquistas y de judíos maximalistas) siguió su largo camino hasta instalarse como mito recobrado por la Mesa de Enlace.   Extraño espejo en el que el presente argentino se sintió cobijado por imágenes de un pasado astutamente expurgado de violencias e inequidades, de injusticias y de la inmensa e insaciable glotonería de aquellos que hicieron famosa la frase “tan rico como un argentino” (es decir, si traducimos “argentino” por “Anchorena”).


Un espejo que nos devolvía las imágenes del “campo”, de los esforzados “campesinos” que construyeron la grandeza del país. Como si nada hubiera sucedido a lo largo de casi un siglo regresamos, con el vértigo de los lenguajes periodísticos, al mito de origen, ese del que nunca debiéramos habernos apartado para encallar en el populismo distribucionista que arruinó al granero del mundo. Extraño relato que logró, por esos sortilegios de la historia nacional, interpelar y convencer a las multitudes anónimas, a ese “hombre que está solo y espera” de Scalabrini Ortiz. El kirchnerismo no supo desentrañar la espesura de ese relato que, entre otras cosas, fue capaz de amalgamar aquellos relatos del origen con la apropiación de símbolos provenientes de tradiciones nacional populares.

Con la Ley de Medios pasó algo distinto allí donde lo que no pudo terminar de imponerse fue el discurso de la corporación mediática, un discurso que, y eso más allá de lo que ha sido un claro traspié, sigue teniendo una enorme capacidad de incidencia en los imaginarios contemporáneos y en la conquista del sentido común. En todo caso, los grandes medios de comunicación constituyen ese otro espejo que nos devuelve imágenes invertidas de una realidad que siempre es más compleja y laberíntica de lo que los lenguajes mediáticos suelen mostrarnos. La Argentina, su derrotero, también y fundamentalmente, ha sido narrada por la retórica de los medios, y lo ha sido de un modo hegemónico.

La batalla por la memoria, que es siempre un litigio por las condiciones del presente, se da en el espesor de esos lenguajes que habitan nuestra cotidianidad y que invaden nuestra sensibilidad. Las formas de apropiación del pasado constituyen no sólo ejercicios de erudición de los historiadores, sino, también y fundamentalmente, una manera de definir el mañana de la sociedad. Pero, y viéndolo desde otro costado, la promulgación de la ley ha significado un más que significativo giro en la recuperación de la política allí donde se logró ponerle límites a un chantaje de décadas al mismo tiempo que se logró introducir la cuestión vital de la “igualdad de palabra” quedando en evidencia quiénes, desde sus posiciones liberal-conservadoras, defendieron a rajatablas los intereses de la corporación como si en ello les fuera la vida.

Mientras todavía no se había acallado la euforia desatada esa madrugada de sábado nos encontramos con otro perfil de la vida argentina. Primero ese gol agónico de quien está tocado por los duendes que vuelven legendarias a ciertas personas, allí donde se moría el partido y las esperanzas de la selección parecían esfumarse; después el triunfo impensado, sufrido, en el Centenario y contra los hermanos-rivales de la otra orilla del Río de la Plata. Como si en esa definición precisa y elegante de Bolatti hubiera estado cifrada la gambeta que nacida en Villa Fiorito, una gambeta que siguió su laberíntico camino hacia el mito y, por qué no, el calvario precisamente por serlo, algo de nuestra historia y de sus narraciones se hubiera manifestado ante todos nosotros. La historia de ese gol entramado con la más genuina poética del fútbol, esa que supo llevar hasta su máxima cumbre Maradona, y el grito orillero, insultante y desbordado de quien lleva bajo sus espaldas la gloria y el infierno. Como si Maradona les hubiese gritado a muchos de aquellos que no le perdonan sus impertinencias, sus acciones plebeyas, sus locas rebeldías y, más cerca nuestro, su apoyo a la recuperación pública del fútbol que, eso es algo demasiado evidente, queda estrechamente relacionada con el impulso que posibilitó la aprobación de la Ley de Medios.

Ese Maradona dejó de ser el héroe del ’86, el mejor jugador del mundo, para pasar a ser el exponente del desvarío y del habitante de los arrabales cloacales de un país que soporta sin dificultades las malas palabras de un estanciero-político pero que se escandaliza cuando las utiliza un descendiente de aquellos cabecitas negras que se refrescaron los pies en la histórica Plaza de Mayo un lejano 17 de octubre.

Como si en la brutal ofensiva de ciertos periodistas y de ciertos medios contra Maradona, el despropósito de una crítica impiadosa y canalla, se guardase la visión de clase que sigue dominando gran parte de los relatos hegemónicos.

Como si fuera otro espejo que nos devuelve imágenes del país, esas que, por un lado, nos recuerdan la larga travesía de los olvidados por ocupar un lugar de dignidad y de derechos siempre puestos en cuestión y deslegitimados violentamente por los poderosos, y, por el otro lado, el discurso monocorde de esos mismos que se sienten los dueños de la verdad y de los modos de contarla.

Aunque parezca caprichosa la genealogía no me resulta imposible trazar un hilo que enhebre lo sucedido en aquel histórico ’45, la aprobación de madrugada de una nueva Ley de Medios que abre la posibilidad de darles la palabra a quienes no la tienen y el grito desaforado de quien supo ser “la alegría del pueblo”, nuestro Garrincha y no el Pelé deseado por los mercaderes de siempre.

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