“Cuando la agenda la marca el capitalismo estamos perdidos”

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ENTREVISTA A JORGE COSCIA, SECRETARIO DE CULTURA DE LA NACIÓN

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Por Roberto Koira y Marcelo Telez

Afirma que “el gobierno no lleva un proyecto solo nacional y popular, sino que lleva uno más amplio”. Elogia a Carta Abierta, plantea que “Jauretche hoy no puede ser masivo, es para la militancia” y a favor de la vigencia del peronismo sentencia:“para sorpresa de muchos, sigue siendo el gran proyecto revolucionario transformador del siglo XX”.

Para Jorge Coscia llegar a la Secretaría de Cultura fue el final de un largo camino anunciado. Director de cine (entre sus películas están Mirta de Liniers a EstambulEl general y la fiebreLuca Vive) y ex presidente del Incaa, dejó su banca de diputado para asumir su desafío más importante: luchar por una cultura al alcance de todos. Coscia es conciente de su difícil tarea y ante Revista ZOOM emerge su costado de hombre del “pensamiento nacional”, pero que cree que la cultura es algo abierto y no cerrado a una sola mirada.

—¿Cómo se mezclan política y cultura?

—Nosotros queremos politizar la cultura y culturizar la política. Y que la política cultural esté llena de contenidos, pensamientos, debates, ideas, ideología y que la política sea un poquito más culta. Cuando la política es de coyuntura, es ahí donde en vez de militar se rosca. Cuando es parte de un proyecto histórico pasa a ser política de alto vuelo. Hay que saber dónde está la historia. ¿Es buena o mala la soja? ¿Qué es esto del campo? Cuando uno tira el “GPS de la historia” ve que las sociedades del monocultivo, asociadas a los grandes poderes, lo único que han hecho es generar pobreza y dependencia. Por eso quiero politizar la cultura y culturizar la política. Dejemos de roscar y militemos, dejemos de manejar mera coyuntura para poner el día, la semana y la agenda en el contexto histórico. La primera que hace esto es la Presidenta. Sus discursos tienen una alta referencialidad histórica, pero a veces muchos no acompañan. Ahí es donde la propuesta que hacemos desde Cultura es una convocatoria para debatir, reflexionar y enriquecer, desde un punto de vista cultural, la visión político-ideológica. Lo convocamos desde aquí, lo hacemos con una confesa visión que no cierra el debate, lo abre, y a la vez reivindica el concepto jauretcheano de pensamiento nacional y construcción de un pensamiento autónomo, soberano y de justicia.

El pensamiento contrario es ese que a veces adornado con alguna construcción académica, enriquecido por alguna retórica, termina jugando para la deconstrucción. La chicana, como argumento, es lo que utilizan todo el tiempo ciertos medios de comunicación. Me ha pasado de ir a la televisión y haber visto cómo se quedan callados muchos periodistas cuando referencio la cultura con la historia. No es necesario tirar el “GPS” muy alto, en cuanto uno va a la historia se tienen que callar la boca. Cuando Aguinis debatió conmigo, en cuanto vio que yo lo llevaba al contexto histórico universal, que es lo que hacía Jauretche, con las grandes revoluciones, con las encrucijadas que definen el destino de los pueblos, él me empezó a hablar del taxista que le dijo no sé qué. Muy simple, me sacó del ring y me llevó al barro. ¿Acaso no era un gran pensador? Pero ¿qué pensador resiste este debate? ¿Me la van a contar a mí? ¿Nos la van a contar a los que hemos leído a PepeRosa y hasta Félix Luna? Todo es historia desmantela la leyenda negra del rosismo, poniendo las cifras de los 38 casos que había matado La Mazorca contra los diez mil que mataron los generales uruguayos de Mitre. Toda esa falacia se derrumba.

—El grueso de la intelectualidad nacional está parapetado en Carta Abierta. ¿Hay contrapeso?

—Lo más importante del pensamiento teórico, conceptual, ligado a las universidades, ha creado el emprendimiento más grande e importante de estos tiempos, que es Carta Abierta. Del otro lado hay tiburones con cartel, generados por los medios de comunicación. ¿Por qué es más conocido un escritor que otro? Muchas veces porque salió en tal o cual revista. Funciona de ese modo.

Jauretche jamás fue mencionado por el diario La Nación, Marechal tampoco, Scalabrini solo por El hombre que está solo y espera, pero en cuanto se mete en FORJA desaparece. La Argentina tiene desaparecidos físicos e intelectuales en este sentido. Esta última, es resultado de cuando alguien tiene proyectos de intereses contrarios a los grandes grupos de poder. Comienza a desaparecer y su nombre comienza a no estar más en los grandes medios de comunicación. Por eso es muy apacible para un intelectual ser un tipo del establishment, es una sensación de enorme comodidad y confort. Es muy lindo un domingo leer que hablan bien de uno en un diario de gran tirada. Pero ser un tipo que recuerda lo que nadie quiere recordar, como el compromiso de los diarios de gran tirada con la dictadura militar y los negociados con Papel Prensa, es el lugar incómodo, de tábano. A nosotros nos quieren hacer beber la cicuta todo el tiempo, decimos lo que nadie quiere decir.

Era mucho más difícil en la época de Perón, en la cual la intelectualidad masivamente estaba en contra suya. Había algunos errores, el peronismo nace como un movimiento de mucha amplitud ideológica y le aportan socialistas y anarquistas, pero también algunos teóricos del nacionalismo oligárquico. Ahí se dividen mucho las aguas, pero algunos intelectuales logran sacar la cabeza, y mucho más después del ‘55, porque en la década del peronismo todavía son jóvenes. Ahí es donde aparecen figuras que logran armar no solo la historia del peronismo, sino también de la Argentina. Hoy es mucho más vacío. Si uno va a Internet, en los blogs, en Facebook, las paredes virtuales, uno encuentra que todas las chicanas e insultos están del lado del antikirchnerismo. Del otro lado puede haber insultos también, pero sobran conceptos, análisis o reflexión.

El eunuquismo es como un residuo del proyecto post-moderno. Conceptos, proyecciones, ideas, reflexiones históricas no hay. A lo sumo hay esnobismo, la vanguardia del pensamiento antinacional. No en vano la palabra esnob viene de “sin nobleza”. No hay nobleza de ideas, son innobles en tanto no conforman un proyecto. El esnob está preocupado por la forma, no por la sustancia. Pero del otro lado es notable la cantidad de jóvenes que están escribiendo, produciendo ideas, generando respuesta y debate. Esos son de la clase media, no de la villa 31. Entre Susana Giménez y TN, uno ve la gente en los bares con la mandíbula caída mirando las letras. El otro día yo soñé que estaba en un bombardeo, y creo que mi subconsciente metaforizó el bombardeo que estamos viviendo como sociedad. A esa señora de mandíbula caída, indignada porque no se aguanta más, lograron hacerla olvidarse del 2001, los apagones de luz de los ‘80, la dictadura militar. Es ese proceso de amnesia que soñó Orwell en 1984. Esa señora es mucho más víctima que nosotros, que estamos reaccionando y sentimos el viento del debate en la cara.

—En la Secretaría ¿qué apoyo pensás que le pueden dar a los difusores del pensamiento nacional?

—La Secretaría de Cultura es del Estado. Muchos me preguntan qué hacemos en torno a esa discusión, bueno, tenemos institutos de cine, del libro, del teatro. Pero lo que hay que lograr es un equilibrio, que la producción cultural no sea solo orientada; la función de la secretaría de Estado es promover toda la producción cultural argentina. Creo en el debate, y que el debate cultural debe existir.

Tratamos de ser un faro que representa claramente una línea de pensamiento político. Esta también es una diferencia con mi antecesor, que tenía una visión ideológica, conceptos que no eran del campo nacional y popular. Él hablaba de construcción de ciudadanía, pero yo digo que no la hay sin identidad nacional, y el proyecto nacional no se construye ahora, viene de antes. El gobierno no lleva un proyecto solo nacional y popular, sino que lleva uno más amplio, de frente nacional. Así como Perón y su frente nacional les dieron cabida a anarquistas y socialistas, nosotros también tenemos un frente amplio. Son muchas las cosas que podemos hacer, pero con un equilibrio y libertad. Yo lo digo siempre: Coscia tiene una visión ideológica, pero es el Secretario de Cultura de todos los argentinos.

—Este es el año de Scalabrini Ortiz, ¿creés que sirvió para difundir su figura o quedamos a mitad del camino?

—Siempre es poco, pero creo que Scalabrini Ortiz se defiende solo, como Jauretche. Tampoco en los ‘70 lo conocía mucha gente. Si un chico tiene que leer la historia de los ferrocarriles argentinos o historia de la nación latinoamericana, le digo que lea lo último. Es muy difícil entender el problema de los ferrocarriles de la década del ‘40 sin tener una macrovisión de la historia. Con Jauretche y Scalabrini hay un problema en la lectura. Cuando se lo das a un pibe de 23 años, y lee las Zonceras, y lee el Plan Prebisch, si no sabe de historia, no sabe de qué se está hablando. Es curioso esto, Jauretche hoy no puede ser masivo, es imposible. Es para la militancia. Hay ciertos libros que hay que leerlos con formación. En los ‘70 también pasaba eso, la lectura fue masiva, pero ¿cuántos tipos lo habían leído a Jauretche? Las revoluciones se hacen con todos, pero la toma de conciencia es de quienes de alguna manera están en condiciones de tener una macrovisión. Esa conciencia funciona cuando alguien dice “Patria justa, libre y soberana”, o dice “Pampas y tierras”, “Libertad, igualdad y fraternidad”, pero los que tomaron La Bastille habían leído a Rousseau, los descamisados del 17 de octubre habían leído a FORJA. Jauretche mismo lo cuenta. Los que suscriben al peronismo leyeron a Hernández Arregui.

Todos tienen que saber quién es Jauretche, qué es el pensamiento nacional, cómo es un esquema y cómo funciona su lógica. Esto se transmite con libros, con debates, asambleas y mucho con películas. Hoy los jóvenes tienen mayor capacidad de asimilación audiovisual.

¿En qué estado está la Ley Federal de Cultura?

—Estamos discutiéndola con las provincias, tratando de sacar una ley que marque la política cultural nacional, que la haga genuinamente federal, que instale la cultura en la proa del proyecto nacional como debe ser. Hoy seguimos conviviendo con un Estado transformador, que ha vuelto a tomar la iniciativa del orgullo nacional, la conformación y la justicia, pero que de pronto no tiene el potencial de sentido cultural que debería tener. Nos falta una ley que haga que no se olvide nadie de la cultura. Estamos discutiendo, como corresponde, con todos los representantes de cultura, del gobierno y de todas las provincias sobre los lineamientos. Y hay algunos acuerdos. Nuestro sueño sería que fuera una ley del Bicentenario.

—¿Qué te recuerda el día del militante?

—El 17 de noviembre de 1972 significa tal vez la última gran gesta popular ligada al peronismo, el complemento del 17 de octubre. Nos trajo de vuelta a uno de los más grandes hombres de la historia del siglo XX. Estoy ahora terminando un documental de Perón que me encargó Caras y Caretas, antes de que fuera Secretario de Cultura. Es una biografía de Perón, y dije que no la puedo hacer porque no cabe en 90 minutos y que iba a hacerla hasta el ‘55. Luego me di cuenta que tampoco puedo hacer una exaltación emotiva como la que hizo Favio, pero tampoco será una biografía, se va a llamar Apuntes para una biografía. Esto da la medida de lo que yo entiendo de Perón.

Sin lugar a dudas el 17 de noviembre nos lo trae, aunque tarde. Perón no era el del ‘55, era el del ‘73. Los 18 años de exilio fueron una gran victoria para el antiproyecto. Lo traemos, pero lo traemos tarde. Sin embargo, así funciona la historia. Lo notable es que lo trajimos, y su proyecto, para sorpresa de muchos, sigue siendo el gran proyecto revolucionario nacional y popular transformador del siglo XX. Caído el muro de Berlín, el gran dilema no es si vamos a ser capitalistas o no, sino si vamos a controlar o no el capitalismo.

Cuando en la época de Menem cantaban en la marcha “combatiendo al capital”, pensaba que estaban exagerando. Sin embargo hoy está vigente, pero no para eliminarlo, sino para ponerle límites y que no marque la agenda del destino del pueblo. Tenemos un Estado y un gobierno que trata de decir que sea la sociedad la que marque la agenda. Cuando la marca el capitalismo estamos perdidos.

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