Reaccionarios eran los de antes

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Por Alejandro Turner, el 3 de Diciembre de 2009.

“Borges”, el compilado de diarios en los que Bioy relata sus cotidianos encuentros con el autor de Ficciones , es un opúsculo maldito: morboso, bajo, inesperado, injusto, retorcido, deshonesto, pero también maravilloso, divertido, atrapante y placentero. Y uno lo lee, qué va a hacer. Y siempre con un lápiz en la mano, para marcar citas, subrayar nombres, rescatar literatura o poder leerle algo a Adriana cuando me pregunta de qué me estoy riendo a carcajadas.

En sus páginas, convive la genialidad literaria con la más ramplona tontería política. Es decir: Borges. Una inteligencia emocionante y una estrechez ideológica que a veces pasa por una pose divertida y otras se exhibe como salvajada repulsiva. Nada de esto me impide disfrutar de su talento. Porque en mayor o menor medida, la vida te va enseñando a no buscar a los amigos ni entre los artistas ni entre los políticos. Salvo honrosas excepciones, uno debe tomar o dejar a esta gente por lo que producen como tales. De ahí el cuestionable carácter voyeur del “Borges” de Bioy. De la posibilidad fascinante y turbia a la vez de traspasar ese límite que no debería estar tan cerca.

El otro día, leyéndolo como cada tanto hago sin terminarlo nunca, encontré este párrafo más que elocuente. Lo comparto:

Viernes, 16 de agosto. Come en casa Borges. (…) Refiere el asesinato de un chofer. En el barrio de Nueva Pompeya, donde la avenida Sáenz Peña llega a las vías, apareció el cuerpo, apuñalado. Aunque en el bolsillo del muerto encontraron la cartera y el dinero, la policía creyó, desde el primer momento, que el móvil del hecho había sido el robo: los hábitos regulares y la fama de hombre de carácter afable del chofer parecían excluir otros móviles, pasionales o de venganza. La policía interrogó a los vecinos, que señalaron la presencia, en la noche del crimen, de un muchacho de aspecto tranquilo y provinciano, que pasó por allá silbando y a quien solía vérselo en determinado almacén. Un policía, vestido de civil, fue al almacén, fingió emborracharse y conversó con un grupo de parroquianos, entre los que se hallaba el mozo de la filiación señalada. El policía dijo deber varias muertes. El mozo le contestó: Mire, yo soy muy joven, tengo 17 años, y los otros días maté a un hombre. Lo siguieron, establecieron que vivía con su querida, una mujer de 28 años y, finalmente, lo detuvieron y confesó. Se llamaba Cisneros. Contó que un primo suyo y él resolvieron asaltar a un chofer. Se apostaron en la plaza de Flores y dejaron pasar dos taxímetros, hasta que paró un tercero, con la dirección a la derecha, que era lo que les convenía, por motivos técnicos, para el asalto. Indicaron una dirección en el barrio de Pompeya, que era donde vivían. Al llegar a la Avenida Sáenz, a las vías del ferrocarril, le dijeron al chofer que les diera la plata y el automóvil. Aunque persona de edad, el chofer se defendió y lo mataron de catorce puñaladas. Se asustaron de lo que habían hecho y huyeron sin sacarle el dinero. Borges opina que esos criminales son el fruto del peronismo: “Antes uno decía el crimen del silletero del año 20…” BIOY: “Ahora hay que decir el crimen del silletero de las tres de la tarde, el de las cuatro, etcétera”. BORGES: “Habría que fusilar a toda esa gente”.

Algunas ideas disparadas por el disparate:

1. La queja sobre el crecimiento de la inseguridad no es nueva, ni propia de la democracia. Como el fútbol y los carnavales, la seguridad también es un bien que parece haberse perdido en el comienzo de los tiempos. Tanto que uno se pregunta si alguna vez existieron el fútbol espectáculo, los carnavales alegres, las ciudades seguras, o si no son otro mito argentino más.

2. El relato transcurre durante la llamada “revolución libertadora” y B y B no pueden culpar de la inseguridad a un gobierno que les fascina. Pero resuelven el dilema fácilmente: la inseguridad es “fruto del peronismo”. Es decir: la inseguridad es un recurso de la derecha para castigar a los gobiernos que detestan. No importa si están en el poder elegidos democráticamente o si ellos mismos lo acaban de sacar a los bombazos.

3. Cuando Borges pide que se fusile “a toda esa gente”, no queda claro si se refiere a los criminales o a los peronistas. Probablemente, pensara que la distinción no era del todo relevante.

4. Los crímenes perpetrados por jóvenes sacuden de un modo particular. Hay algo que excede el delito puntual y que pasa por la fantasía acerca del descontrol de los jóvenes, los prejuicios generacionales o la mera incomprensión. Basta ver la rapidez con la que trepan en los títulos los pibes que matan, aunque su presencia estadística real en el delito -al parecer- es mínima.

5. Una diferencia importante: estas opiniones lamentables de Borges y Bioy pertenecen a la esfera privada. Me consta que han hecho públicas definiciones políticas iguales o peores, pero no es este el caso. Y por lo demás, jamás interrumpieron un cuento para bajar su aviso a favor de la mano dura. Su sesgo ideológico está siempre presente, obvio, pero jamás engañaron a sus lectores colando opiniones coyunturales en medio de aquello que el lector iba a buscar.

Por lo demás, después de decir estas burradas, Borges y Bioy escribían “El sueño de los héroes” o “El informe de Brodie”.
Otros, sin solución de continuidad, pasan a exhibir pobres, recortar polleritas o meter gordos en el horno.

Y es que no hay nada que hacer, amén de la seguridad urbana, los carnavales y el fútbol, nada se deterioró más en la Argentina que la derecha.

En paracuandolotenes.blogspot.com

Alejandro Turner: Tiene 40 años, es guionista y dramaturgo. Aunque prefiere pensar que es simplemente alguien que escribe. Escribió entre otras obras de teatro “La Salud de los moribundos” (1er Premio del Fondo Nacional de las Artes obra inédita de teatro, 2007); “Canciones tristes (cantadas como si fueran alegres)” (Primera Mención en el mismo certamen), “Dónde caerse muerto” (incluido en la Antología “Autores en construcción” editorial C. C. Rojas) y “Villarrica”, estrenada en diciembre del 2008 en el Camarín de las Musas con la dirección de Gabriela Bianco, en el marco del Primer Festival de Monólogos NO HAY DRAMA.

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