Un país sin elites.

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Escriba

Por Escriba, el 2 de Junio de 2010.

Quizás la mayor amargura de los sectores que se ubican a la derecha del Gobierno nacional, cumplido el Bicentenario de la Revolución de Mayo, sea no contar con una elite política confiable, previsible, mansa, segura. La Argentina es en este aspecto un país inusual. Por estos días la política reina y nadie puede afirmar de antemano qué harán los dirigentes políticos frente a los poderes fácticos, sobre todo al poder que dan el dinero o el estatus social.

Por ejemplo, el grupo de medios de comunicación que se enfrenta a la gestión de Cristina Kirchner supo ser desde la recuperación democrática el termómetro cultural de “la gente” –amplios sectores medios urbanos y sus adyacencias–. De igual modo, se erigió como enorme influencia sobre las acciones de “los políticos”. Ahora se ve sorprendido por la conducta popular durante los festejos en todo el país para conmemorar el Bicentenario. E incluso destaca como “inusual” –al borde de lo inesperado– la decisión de todos los bloques de la Cámara de Diputados de dejar de lado disputas y homenajear en conjunto a Mariano Moreno.

Desde los medios que tratan de marcar cuál debe ser la estrategia de la oposición se escribe que lo que está ocurriendo no debía suceder. La posibilidad con la que cuentan el kirchnerismo y sus aliados de montarse sobre la actual recuperación económica para acceder a un nuevo mandato de gobierno es un escenario que ya debía haber sido clausurado.

En tanto, las habituales críticas del diario La Nación a Mauricio Macri parecen reflejar el hecho de que está en duda la eficacia que pueda tener el empresario en su proyecto de gobernar los destinos del país. El líder de PRO no convence a su propio público. Basta comparar los movimientos, el léxico, el discurso del jefe de Gobierno porteño con el despliegue que muestra del otro lado de la cordillera la derecha chilena comandada por Sebastián Piñera, un egresado de Harvard que no dudó en postular un impuesto a los ricos para financiar la reconstrucción del vecino país.

Y así se mueven los sectores privilegiados en la Argentina. Concurren a negociaciones o buscan imponer condiciones ante una dirigencia política que en su enorme mayoría no ha estudiado en los mismos colegios que ellos ni se ha formado en los mismos eventos sociales. Puede admitirse que en no pocas provincias las elites están bien delimitadas y que conjugan a políticos y empresarios. Pero cuando se llega al terreno nacional ocurre que, por ejemplo, los políticos de turno saben poco y nada de los “mercados matrimoniales” en los que la elite económica busca promover a sus hijos.

Los empresarios despliegan todo el poder de fuego que pueden, pero a la hora de la verdad deben subir hasta algún piso elevado del Ministerio de Trabajo para encarar una negociación salarial con dirigentes sindicales no siempre dispuestos a quedar mal ante sus afiliados. Y ante funcionarios con apellidos para ellos desconocidos.
Ni siquiera los dirigentes deportivos garantizan lealtad eterna a los contratos. Así, el opaco Julio Grondona sintió que era momento de cambiar de vientos y se abrazó al Gobierno nacional para delinear el “fútbol para todos”, en lugar de continuar con los empresarios de medios que, según su evaluación, ahora lo destrataban. Prima la conveniencia, pero no hay caminos trazados de antemano “desde arriba”. Son sólo negocios. No es personal.

Puede resultar ingrata para quien tiene la vida asegurada la dinámica de un país donde la mayoría de los dirigentes políticos salen de universidades públicas. La educación superior surge de cátedras de casi todo pelaje, donde proliferan y se disputan ideas nuevas, viejas, de casi todo color. Al mismo tiempo, llama la atención la imagen que irradia ahora la poderosa Asociación Empresaria Argentina (AEA) que se desgaja, pierde miembros a partir de las presiones que ejerce el sistema político, cuando algunos años atrás, los movimientos de acción y reacción se registraban en sentido contrario.

Y si se mira algo más allá, ahí está Francisco de Narváez, un hombre de muchísimo dinero que sí ha frecuentado los mismos espacios que la elite empresaria, sus fiestas, sus lugares de veraneo, pero a quien una mucho más plebeya Corte Suprema puede retacearle el acceso a una candidatura a presidente, en virtud de nuestra pedestre Constitución.

No todo puede pagarse en esta Argentina del Bicentenario. No hay resultados fáciles, dados, para el empresario que quiera colocar su esfuerzo o el de sus empleados en imponer tal o cual manejo de la cosa pública. Claro que no es un país con una dirigencia política revolucionaria, ni socialista y que dista de ser siempre rebelde con los poderosos. A la vez, los protagonistas de la cosa pública no cuentan siempre con una formación y un conocimiento acabados del mundo en el que se mueven. Pero si hay algo que puede decirse de esta primera década del siglo XXI es que las estrategias de la Argentina y los resultados ante cada coyuntura no vienen diagramados en ningún libro surgido de alguna usina del poder económico.

Habrá quien se desanime ante esta falta de “meritocracia”, de esta inexistencia de un camino prefijado por las elites. De cualquier modo, estos años han significado más crecimiento económico y una mejora de los índices sociales. Los desafíos que enfrenta nuestro país distan de haber sido superados, aunque la respuesta que aguardan podría esta vez provenir de la política –del oficialismo o de la oposición que tenga la voluntad de asimilar estas novedades– y de la decisión popular, más que de pequeños y poderosos sectores.

(Publicado en Buenos Aires Económico).

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