Fuga de capitales, ¿y qué?

http://www.elargentino.com/nota-97796-Fuga-de-capitales-y-que.html

BUENOS AIRES ECONÓMICO

POR MARIANO KESTELBOIM

La imposibilidad de contar con un ahorro interno significativo y relativamente estable representa un gran obstáculo en todo proyecto de desarrollo nacional. Esa carencia implica una dependencia del financiamiento externo para impulsar inversiones de magnitud, que transformen el patrón de especialización productiva hacia etapas industriales cada vez más avanzadas.

La alta volatilidad del flujo de capitales es un fenómeno histórico de las economías periféricas, inherente a la lógica de sus sistemas de acumulación, cuya dinámica en la Argentina ha estado correlacionada con el crecimiento de la deuda externa.

El primer auge de esta patología de la economía nacional se remonta a las políticas de “liberalización” de los mercados impuestas por el golpe militar de 1976. La apertura de la cuenta capital, el crónico y creciente endeudamiento externo, las altas tasas de interés domésticas, la apreciación cambiaria y la baja de aranceles a la importación volcaron los capitales a la especulación financiera, en detrimento de la base de industrialización lograda hasta ese entonces.

La hiperinflación de los años ochenta y el caos provocado por la convertibilidad, que también había instalado un espurio modelo de valorización financiera y que derivó en la maxidevaluación de 2002, fueron los siguientes principales detonantes de la pérdida de confianza en la moneda local. De esta manera, se consolidó una cultura del ahorro en dólares como reserva de valor.

Ahora bien, las políticas aplicadas desde la devaluación, en un contexto de mejora de los términos de intercambio de los productos agrícolas, instauraron un modelo donde el negocio financiero quedó relegado por el de la actividad productiva. Rápidamente, la economía mostró una vigorosa capacidad de reacción que permitió configurar un contexto de “sobrantes” de divisas, atendiendo además a la necesidad de contar con un tipo de cambio acorde a dicho proceso. Sin embargo, diversos shocks, generados tanto por factores internos como externos, reavivaron la problemática estructural de la fuga de capitales.

En este escenario es interesante analizar la regulación al movimiento de activos financieros en el marco del mantenimiento de un tipo de cambio competitivo. A medida que el modelo llevaba a la economía al pleno empleo y generaba superávits fiscales y comerciales, era necesario que el excedente de divisas que ingresaba en el país fuera absorbido para evitar la apreciación del peso.

Para alcanzar ese objetivo, el gobierno tomó cuatro medidas centrales. En primer lugar, fue flexibilizando los límites establecidos a la compra de divisas. Mientras que en el peor momento de la crisis delegada por el 1 a 1 se fijó un máximo de 100.000 dólares para particulares o empresas, a medida que la economía se fue estabilizando se extendió hasta dos millones de dólares.

En segundo lugar, se asumió una política de acumulación de reservas. La contrapartida implicaba emisión de pesos y la necesidad de realizar operaciones de esterilización de la base monetaria, a través de bonos ofrecidos al mercado para no alimentar un eventual proceso inflacionario.

En tercer término, el Poder Ejecutivo, utilizando parte del superávit fiscal, también restó dólares del mercado (en menor proporción que el BCRA) a través de las compras del Banco Nación. En la medida en que el superávit fue contrayéndose, esta política fue encontrando su límite.

Por último, para minimizar la volatilidad de la cuenta capital, se restringió, en 2005, el ingreso de capitales especulativos (se amplió a un año el tiempo mínimo de permanencia de los activos financieros en el país y se fijó una tasa de encaje del 30% no remunerada por un año).

El primer y mayor shock que potenció la fuga fue, a principios de 2008, el conflicto por las retenciones (la formación de activos externos del sector privado saltó de 2.273 millones de dólares en el primer trimestre de ese año a 8.374 millones de dólares en el segundo trimestre). El gobierno, en contra de las expectativas, decidió apreciar el peso. A pesar de que pocos meses después estalló la crisis financiera internacional, la salida de capitales tendió a desacelerarse (en el siguiente año y medio promedió los 4.400 millones de dólares por trimestre), poniendo de relieve la importancia de los factores de acumulación internos.

Asimismo, para evitar un pánico generalizado por la crisis internacional tras la quiebra del Lehman Brothers (septiembre de 2008), la caída del precio de los commodities, la devaluación de las monedas de los principales socios comerciales de la Argentina y la estatización de fondos administrados por las AFJP, el ejecutivo, de modo informal, indujo exitosamente a los grandes operadores financieros a minimizar su compra de dólares.

No obstante, la inercial fuga de capitales agudizada por esos shocks disparó la salida de casi 50.000 millones de dólares entre 2006 y 2009. Ahora bien, queda como interrogante saber lo que hubiera ocurrido con una crisis internacional en un contexto de liberalización como el de los años setenta o el de los noventa.

La reciente coyuntura nacional dio evidencias contundentes de la fortaleza que revisten las políticas heterodoxas, particularmente en un tema tan sensible en el plano nacional como lo es la fuga de capitales.

La debilidad del modelo de valorización financiera quedó expuesta en el hecho de no haberse podido sostener, aun con un blindaje de 40.000 millones de dólares, mientras que la solvencia del modelo productivo, en el marco de la peor crisis internacional en ocho décadas, resistió la salida de 50.000 millones de dólares, y la deuda pública, en relación con el PBI, pasó de representar el 166,4% en 2002 a reducirse a menos de una tercera parte en 2009 (48,8%).

*Economista jefe de la Fundación Pro Tejer y miembro de la SID-Baires.

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