Yo vivo en una ciudad.

http://www.debate.com.ar/2011/01/21/3539.php

Por Marcos Mayer

Joseph Roth seguramente escribió la novela más  intensa y bella acerca de la decadencia del poder imperial austrohúngaro, La marcha Radetzky. Aunque hablara de tiempos pasados, ese texto de 1932 se asomaba con reverente y profético temor a la tragedia que amenazaba Europa. Y como buen judío trashumante, se ganaba la vida redactando notas periodísticas en las cuales, tal vez a pesar suyo, nunca dejaba de ser un escritor. Y hasta los temas más abstrusos le permitían ir siempre un poco más allá.
Llegó a Berlín en 1920 y muy pronto se convirtió en un cronista destacado de una ciudad que exhibía un presente orgulloso,  muy a contramano de lo que sería su porvenir. Varios de esos escritos están recuperados en un delicioso volumen, que alguna vez tuve la dicha de que me regalaran: Crónicas berlinesas.
Una de ellas se destaca por su título poco promisorio: “Consideraciones sobre el tráfico”. Allí, Roth revisa distintas y fracasadas  estrategias para normalizar unaficc ciudad intransitable. Una historia muy conocida para todos nosotros. Hasta que, luego de este recorrido, interrumpe la serie de tecnicismos para anotar lo que llama “razones metafísicas”, un inesperado modo de explicarse el endiablado tráfico berlinés.
Cito: “La responsable de muchas de las molestias de la vida cotidiana es la población, es decir el carácter indisciplinado de la generación de posguerra, la amargura que estalla con las gentes. Un autobús ocupado por una multitud de pasajeros amargados que buscan la discusión y el encontronazo tiene que acabar por fuerza, también él, implicado en un encontronazo. Nadie hace sitio a las mujeres que viajan de a pie. Todo el mundo ve en el otro a su enemigo.”
Los habitantes de Buenos Aires podrían adecuarse  sin demasiadas dificultades a este diagnóstico espiritual de  Roth. Seguramente hay razones sociológicas, políticas y culturales en esta propensión a los encontronazos, algunos de los cuales acaban de ser tristes y sangrientos. Pero tal vez haya imágenes de nuestra ciudad que están en sorda guerra.
Mauricio Macri se ha escudado en la bajeza de la xenofobia para delimitar una de esas razones. Buenos Aires tiene ya dueño, aquí no se entra sin permiso. Otra parte de nuestra gente cree que esa ciudad, que parece tan abigarrada, mantiene lugares vacíos que deben habitarse (porque una ciudad es más conglomerado que aire), al punto de confundir muchas veces lo vacío con lo público, como ocurrió en el Indoamericano.
Es que es muy difícil imaginarse una ciudad, incluso aquella que existe y que nos parece propia. Borges y Arlt fueron contemporáneamente porteños. Mientras que para el autor de Ficciones, la ciudad siempre aparece imaginada como un espacio vacío, al borde de un río “hecho de sueñera y de barro”, en Arlt todo está saturado, “Toda su pena descomprimida extendíase hacia el horizonte entrevisto a través de los cables y de los ‘trolleys’ de los tranvías y súbitamente tuvo la sensación de que caminaba sobre su angustia convertida en alfombra”, escribe en el quinto capítulo deLos siete locos. Hay una Buenos Aires que maltrata a las mujeres (de eso habla Arlt pero también Scalabrini Ortiz), otra que esconde tesoros y seres maravillosamente inesperados (además de Borges y su Aleph, se lee esta visión en Mujica Láinez), una ciudad poblada de monstruos ocultos -los tanos y gallegos reales, como sucede en las novelas antiinmigratorias de los 1880 (hoy resucitadas en espíritu) de Cambaceres y Miguel Cané y los imaginados, como los ciegos de Sábato en sus catacumbas. Hay una Buenos Aires diurna de la que nadie habla, mientras que las cámaras de la tele indagan en los pliegues de la noche para encontrar esas razones metafísicas que precisan para justificar su slogan de que con los jóvenes todo es descontrol y que la depravación acecha a la vuelta de cada barrio no cercado.
Entonces uno no puede sino preguntarse, junto a Roth, hasta qué punto el enmarañado tránsito porteño no debe mucho a ese malestar de una ciudad que no puede reconocerse como un todo.
Pareciera como si no hubiera manera de mirar a Buenos Aires, ni siquiera desde su música, el tango. El absurdismo de Horacio Ferrer lo hace “desde el nido de un gorrión”, Manzi apenas vislumbra el paisaje ayudado por  la solitaria luz de un almacén, Gardel y Lepera la transforman en un anhelo, “Mi Buenos aires querido, cuando te vuelva a ver”. Siempre son imágenes quietas, se precisa que la ciudad se detenga, aunque más no sea para dar lugar al amor o a las despedidas. Para el tango, la ciudad es un reservorio de melancolías futuras, un sentimiento noble, sin dudas, que a veces se transmuta en depresión.
El rock ha podido retratar esta ciudad en movimiento. A veces desde un amor un tanto enfático, como Pedro y Pablo, otras en una sordidez vivida como el mejor estado posible, o al menos como el más justo (Mañana en el Abasto, por Sumo), finalmente, como un espacio vacío de todo menos de sentido (Avellaneda Blues, de Manal).
Hoy Buenos Aires parece atravesada por la diferencia (tiene un intendente que la alienta), por el miedo (de eso se ocupa la tele) y por una incomodidad -metafísica, diría Roth- que la hace poco caminable y escasamente disfrutable, pese a tanta belleza, la de los paisajes y la de algunas personas, que siguen buscando su ciudad, porque no se resignan a  admitir que no sea este su lugar en el mundo.

Anuncios

Una respuesta to “Yo vivo en una ciudad.”

  1. Julio-Debate popular Says:

    Se me ocurrió a medida que estaba leyendo este post esta canción de Joaquin Sabina y Fito Paéz.

    En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes,
    en la esquina, inventan una solución.
    En Buenos Aires todo vuela, la alegría,
    la anarquía, la bondad, la desesperación.
    Y Buenos Aires es un bicho que camina,
    ensortijado entre los sueños y la confusión.
    En Buenos Aires descubrí que el día
    hace la guerra, la noche el amor.
    En Buenos Aires leo, fumo, toco el piano
    y me emborracho solo en una habitación.
    En Buenos Aires casi todo ya ha pasado
    de generación en degeneración.
    Y Buenos Aires come todo lo que encuentra
    como todo buen Narciso, nadie como yo.
    Pero el espejo le devuelve una mirada
    de misterio, de terror y de fascinación.
    Buenos Aires, buenos aires,
    buenos aires para vos.
    En Buenos Aires toca Charly en un biloche
    planetario, es alto y voluptuoso.
    En Buenos Aires llega un punto en que ya nada
    vale nada y todo vale nada.
    En Buenos Aires nos acechan los fantasmas
    del pasado y cada tango es una confesión.
    Cuando en el mundo ya no quede nada,
    en Buenos Aires la imaginación.
    Es una playa macedónica tan cierta
    y tan absurda viven Borges, Dios y el rock and roll.
    En Buenos Aires viven muertos, muertos viven
    y no quiero más tanta resignación.
    Yo quiero un barrio bien canalla, bien sutil
    y bien despierto, supersexy,
    quiero una oración
    que nos ayude a descorrer el velo
    y que termine la desolación.
    Buenos Aires, malos tiempos
    para hacerte una canción.
    En Buenos Aires los amigos acarician
    y los enemigos tiran a matar.
    En Buenos Aires, San Martín y Santa Evita
    montan una agencia de publicidad.
    En Buenos Aires, la política… que falta
    de respeto, que atropello a la razón.
    En Buenos Aires, el fantasma de la ópera
    camina solo por Constitución.
    En Buenos Aires tengo más de lo que quiero
    pero lo que quiero nadie me lo da.
    En Buenos Aires hay un Falcon pesadilla
    en el museo de cera de la atrocidad.
    En Buenos Aires falta guita pero sobran
    corazones condenados a latir.
    En Buenos Aires amanezco, resucito,
    me defiendo a gritos, quiero ser feliz.
    En Buenos Aires cuando hablamos de la luna
    solo hay una: la del Luna Park.
    En Buenos Aires he perdido mil batallas
    pero hay una guerra que pienso ganar.
    Buenos Aires.
    En Buenos Aires brilla el sol y un par de pibes,
    en la esquina, inventan una solución.
    (cuando en el mundo ya no quede nada)
    en Buenos Aires todo vuela, la alegría,
    la anarquía, la bondad, la desesperación.
    Todas las noches sale el sol
    todos los días vuelve el sol.

    Saludos.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: