“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”

La batalla cultural:“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”

Bernardo de Monteagudo

La nochebuena televisiva deparó un espectáculo tentativamente original, o al menos llamativo: la entrevista anual de Beto Casella a Ricardo Iorio en C5N. Es algo parecido a un choque de culturas, debidamente explotado como show para las masas. Con el paso del tiempo, este encuentro resulta atractivo porque, para qué negarlo, se trata de dos señores de rápidos reflejos para la dinámica pregunta-respuesta-chicana-comentario cómplice. En este caso, debe mencionarse, el mérito es compartido: el entrevistado es todo un personaje, bocón, a veces muy lúcido, a veces desconcertante, por momentos repugnante, en otros el tío piola-rockero que todo argentino que se precie de tal quisiera tener. Este año, la esgrima televisada entre ambos no trajo grande sorpresas, pero reiteró la puesta en escena. Parece que ambos se conocen de cierto pasado común en torno del rock y es por eso que Iorio, un personaje remiso a las entrevistas, siempre y cuando no se trate de un vehículo de promoción para sus recitales, acepta la invitación de Casella. Por eso también se ve, a modo de escenografía grotesca, los afiches que promocionan los shows de Almafuerte.
Rebobinemos: en 2011 y 2012 hubo dos entrevistas de Casella a Iorio que dejaron su huella en el pequeño mundo de la televisión paga, y que luego mediante YouTube, Facebook, Taringa y demás repeticiones de todos esos programas de tele abierta que cortan y pegan y hacen del archivo su sentido de la existencia, prolongaron su rebote a través del tiempo y generaron todo tipo de comentarios. Las cosas que dice Iorio, aguijoneado por Casella, se hicieron notar: a veces son barbaridades, en otros casos curiosidades (“¿de dónde saca esto este tipo?”, es la pregunta), por momentos lúcidos pensamientos de alguien que parece haberlo vivido todo. Presentar, al menos brevemente, a los protagonistas de este espectáculo Nixon-Frost de clase B ayuda a entender el oculto atractivo que tiene verlos actuar frente a las cámaras. Casella es conductor radial y televisivo del tipo canchero con barrio y esquina, con origen periodístico en redacciones de revistas de “actualidad” como Somos y Gente en los ’80, ahora convertido en popular conductor de un ciclo en la FM Pop –lidera allí la franja horaria, por encima de Petinatto, Tenembaum, Varsky y Sietecase–, en Canal 9 (Bendita, uno de esos programas con panelistas) y, más recientemente, especie de anfitrión de otro show inclasificable, ciertamente inaudito pero que cotiza alto en el actual mercado de baratijas de la televisión argentina: Buenos Muchachos, con Veira, Castaña, Basile y Cóppola, en donde estos veteranos de cierto idealizado mundo de la noche, las minas, los bares y los vestuarios de fútbol dan rienda suelta a toda su capacidad histriónica para contar historias vividas (algunas seguramente idealizadas). Casella, tal vez en un acierto de producción del canal de noticias de Cristóbal López, resultó el complemento ideal para este cuarteto inclasificable.
Lo cierto es que la entrevista a Iorio en el programa de C5N Mundo Casella, realizada por primera vez en 2011, generó, desde ahí, el armado de esta bola de nieve. En este punto, cabe dedicarse a trazar un breve perfil de Iorio, uno de esos extraños casos en el que un personaje es popular pero no masivo. Es decir, para miles de jóvenes y ya no tanto, es una especie de prócer del rock argentino, en particular del género metal pesado (él se niega, en su cruzada nacionalista, a que sea llamado heavy metal); pero no aparece fácilmente en los medios masivos y por tanto es más bien un secreto guardado para cierta feligresía rockera argentina, particularmente en el público medio pesado que habita los grandes centros urbanos y mantiene señas particulares de tribu: ropa negra y demás accesorios, pelo largo, códigos “de barrio” y aguante. Iorio formó parte de V8, la primera gran banda argentina del metal pesado. Aparecen, por ejemplo, en la película BARock con una canción pero no se los ve, sino que más bien se los intuye: por considerárselos demasiado “violentos” (ellos y su música), se ven cuadros congelados de su actuación, nunca las imágenes en tiempo real. Es el único caso así en la película de Fernando Ayala, filmada en el festival realizado en 1982, en donde también aparecen –en los antípodas de V8, está claro– bandas y solistas como Los Abuelos de la Nada, Raúl Porchetto, Alejandro Lerner, León Gieco, Miguel Cantilo, Piero y siguen las firmas. V8 forjó una leyenda para el creciente público metalero argentino. Contemporáneos de Riff, la banda de Pappo, se situaron más allá de éstos en sonido, actitud y canciones: vestían de cuero, pero lo suyo dio origen a toda una camada de bandas que practicaron variantes más extremas del llamado jevi metal. Separados a las trompadas, dejaron una estela que se continuó a través de Iorio, justamente, en Hermética, la banda clave del rock pesado argentino entre el período final de los ’80 y mediados de la década de los años ’90, con sus reivindicaciones de la clase obrera urbana y demás disquisiciones sobre la vida moderna, vista desde los márgenes. Al final de Hermética –tampoco en buenos términos, hace a la leyenda también–, Iorio formó Almafuerte, cuyo nombre homenajea al poeta bonaerense Pedro Bonifacio Palacios. Ahí terminó de moldearse a sí mismo como un músico nada convencional, de fuertes opiniones en tono nacionalista-peronista (lo que equivaldría a decir que es peronista de derecha), un recurrente discurso antisemita –declaraciones suyas al respecto, publicadas en la edición argentina de Rolling Stone en 2000, generaron denuncias por discriminación y demás– y una repetida idealización de lo que sería el “hombre argentino de campo”, en una confusa conjunción del gaucho Martín Fierro y el cantautor campero José Larralde (por cierto, uno de sus grandes referentes). Desde hace unos años, Iorio, con una historia familiar cruzada por algunas tragedias privadas, decidió vivir en el campo, cerca de Sierra de la Ventana, como para hacer real su idealización del cimarrón gruñón, imagen que bien construyó de sí mismo. Parte de la fascinación que produce el personaje quedó patente en una entrevista de tapa de Rolling Stone, publicada en 2010, escrita por un joven periodista que quedó deslumbrado con el filósofo campero y metalero que anda en una camioneta desvencijada por caminos rurales y, de vez en cuando, baja a la ciudad para tocar rock a todo volumen y bajar línea a los miles de pibes del conurbano y los barrios bonaerense que lo siguen en plan místico.
Algo de todo eso flota en las entrevistas de Casella a Iorio, cómplices en el cruce verbal. Aunque Casella elija vestir, como en la última edición, un ridículo uniforme pseudo-metálico (chaleco de cuero, remera negra) y Iorio, el sumo sacerdote del rock pesado, elija camisa y remera, como si se tratara de un simple conductor de la línea 60. Entonces, el diálogo se remite a que el entrevistador suelte algunas palabras (“chilenos”, “Justin Bieber”, “Flavio Mendoza”, etc.) y el entrevistado suelte sus afirmaciones tajantes. Porque para todo tiene una opinión, este muchacho Iorio. Mal que nos pese, se trata de otro de los productos típicos de aquello que dio en llamarse la argentinidad al palo. Como Casella. Será por eso que gusta tanto. A veces espantan, pero atraen y gustan.

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