El padre Pepe unió al Chaqueño Palavecino y al Gauchito Gil

José León Suárez, tan cerca y olvidada, la oscuridad de sus  calles hace notar las ganas de ser iluminada. Sus habitantes no pretenden mucho, sólo ser escuchados: expresar sus sentimientos, sus creencias religiosas, y su cultura. 
Allí se encuentra un santuario del Gauchito Antonio Mamerto Gil Núñez, pegado a una biblioteca popular. Y aunque existan muchos santuarios en el país, el Chaqueño Palavecino eligió el de la Villa Cárcova para homenajear al gaucho rebelde.
El recital de folklore fue el jueves, en la cancha de fútbol de la calle Beltrán, entre Combet y Libertad. Fue organizado por José María Di Paolo. Para todos, apenas, el padre Pepe. Armar el escenario costó tres días de trabajo. Todo cubierto con un toldo color negro y en su interior la imagen del Gauchito y la Virgen de Luján.
La presencia del Chaqueño en la villa tuvo efectos sociales positivos. A la derecha del escenario atendió un buffet de la Iglesia del Milagro de José León Suárez, que recaudó dinero para construir una Iglesia y un santuario para el Gauchito sobre la calle principal 2 de Abril, donde ahora está la Capilla del Luján. 
A la izquierda del escenario abrió otro buffet, el de la Biblioteca Popular La Carcova, así, sin el tilde, como llaman los vecinos a su barrio.
Lo recaudado es para comprar materiales y terminar de construir la biblioteca para que los niños y jóvenes tengan un lugar de formación y contención: “La llegada del Chaqueño a esta villa significa mucho para nosotros, él viene a homenajear al Gauchito, pero a su vez es una gran ayuda para el crecimiento de las obras, él trae a la gente. Todos los vecinos de Carcova están acá, también de otros barrios, y nosotros podemos recaudar dinero para seguir construyendo”, dijo uno de los colaboradores de la Biblioteca. 
Mientras el sol iba cayendo, los vecinos llegaban a la cancha con sillas y bancos que ellos mismos traían desde las casas: en sus corazones cargaban las peticiones para el Gauchito. 
La historia del Gaucho es objeto de disputa, ya que a lo largo del tiempo se han instalado distintas versiones, pero más allá de las diferentes interpretaciones está el hombre real que nació en 1847 cerca del rio Pay Ubre. 
El soldado aguerrido que combatió al galope en la Guerra del Paraguay, que se resistió luego a seguir matando por banderas ajenas y se prometió “no derramar más sangre de sus hermanos”.
Gil pasó bajo distintos techos, escapó de la ley, castigó el abuso de patrones, fue libre, y también rebelde. Pero un 8 de enero siete policías lo capturaron  mientras dormía. 
En un cruce de caminos lo ataron a un árbol. Las intenciones eran claras, pero nadie se animaba a decretar el final: sobre su cuello colgaba la figura de San La Muerte. 
Antes de ser degollado, el Gauchito le advirtió al capitán que, a su regreso encontraría a su hijo enfermo. “Rezá por mí que la sangre inocente es buena para los milagros”, fueron las últimas palabras. 
Así con el rezo de su verdugo, comenzó el mito que se extiende hasta hoy, y cada vez cuenta más devotos. 
Es por ello que los vecinos de Carcova se acercan los 8 de cada mes al santuario ubicado en ese lugar, para pedir salud y trabajo, entre otras cosas.
El Chaqueño Palavecino llegó a Carcova a las 20, cantó y tocó su guitarra hasta las 21:45, casi sin parar. El padre Pepe le agradeció la visita que fue gratuita y a beneficio de los que más necesitan:”Yo hice construir una Iglesia en Chaco, para que la gente del pueblo tenga su  lugar”, comentó el Chaqueño.
Cuando comenzó a cantar la gente, que era multitud, se acercaba al escenario. Todos juntos, en paz y armonía. La presencia del Chaqueño había cumplido una función integradora. Para los vecinos de Carcova, en cambio, fue un culto religioso, una ceremonia de mucho respeto, parte de su cultura, la cual Palavecino comprende muy bien y por eso supo seducirlos. Cuando cantó “La villerita”  los emocionó, como así también con Amor salvaje, La ley y la trampa, entre otras chacareras y sambas. La gente bailaba y disfrutaba  del artista y del santo.
Luego de haber brindado un recital de casi dos horas, Oscar Palavecino se retiró. Lo hizo despidiéndose de la gente y regalando su sombrero, su pañuelo, y todo lo que sus admiradores le pedían. Cuando comenzaron a desarmar el gran escenario, el Gauchito dejó de posponer la tormenta que ponía en riesgo su fiesta y el agua cayó sobre los colchones de tierra de Carcova. «

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